(publicado en Chocó 7 Días)
Las políticas públicas culturales se han convertido en una gran preocupación para los artistas, estudiosos y protectores del patrimonio cultural en el Chocó.
Quienes lideran
la política pública a veces parecieran pensar el arte y la cultura como lo que
he sintetizado dentro de cinco estereotipos: sirvienta, prostituta, sancocho
regional, estatua monumental o mona vestida de seda.
Quienes piensan
la cultura como una sirvienta son los
que creen que ella debe estar siempre al servicio de… Entonces se idean
discursos muy elaborados en donde por ejemplo la cultura tiene que estar al
servicio de la formación de las pedagogías civiles como la no violencia, la
conciencia de movilidad, la planificación familiar, el pago de impuestos, etc.
Si bien es cierto que el arte es una herramienta fundamental para la
concientización de los ciudadanos y si bien es cierto que su impacto
psicológico es uno de los mejores aliados a la hora de transformar a las
personas, el arte y la cultura no son SOLO eso. No son sólo un instrumento de
pacificación y cultura ciudadana. Eso sería como decir que la planeación urbana
de Quibdó debe estar al servicio del San Pacho.
Otros no tienen
ningún pudor a la hora de convertir el arte y la cultura en una pobre prostituta. Entonces nuestros artistas
se convierten por ejemplo en los teloneros de las licoreras o en el trasfondo
de festividades municipales que en medio del festín disponen de los recursos públicos para pagar favores
políticos, o convierten el presupuesto de la cultura en la caja menor de su
despacho. Una triste fufurufa.
Otros, piensan la
cultura como si se tratara del sanchocho
regional, el sanchoco de la abuela,
que debe saber siempre igual, que debe permanecer intacto, y debe ser el plato
fuerte a la hora de presentarse ante públicos extranjeros, homenajear
personajes o simplemente darse un baño de nostalgia. Son por lo general, los
que siguen hablando de folklore y son también los gobernantes que siguen
pensando la cultura como si fuera una estatua
monumental o una pieza de museo dentro de una vitrina, que se muestra, se
aprecia, se exotiza y se consume… y que debe permanecer intacto y sobre todo
agradar… Son los que piensan la política pública cultural solamente dentro de
un escenario y al servicio del turismo .
Y finalmente,
tenemos a la mona vestida de seda, es
decir, los gobernantes arribistas que piensan el arte y la cultura regional
como algo que se debe “occidentalizar”, que debe pasar por filtros y curadurías
para estar a la altura de una sociedad que valora sólo lo exótico (lo africano)
o lo erudito (lo europeo). Son quienes por ejemplo creen que los procesos
pedagógicos alrededor de las chirimías y músicas locales tradicionales les falta
mucho pelo pa´ moño y necesitan
adornarlos de violines, flautas traversas y partituras.
Pues no. La
cultura no es nada de eso. El arte y la cultura son la expresión de unas formas
propias de ser y de existir en el mundo. Por eso, someterlos, prostituirlos,
aislarlos, cosificarlos o avergonzarse de ellos, es la muestra del
desconocimiento y la falta de autoestima que sufrimos o que sufren nuestros
gobernantes.


